Inicio Cronica Cuento 6: El Matrimonio Inesperado de Don Yanco

Cuento 6: El Matrimonio Inesperado de Don Yanco

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En San Carlos, allá en la costa Caribe donde hasta el cura baila porros en Año Nuevo, nadie olvida el día en que se casó Don Yanco. Era 1976, los primeros meses del año, y el calor estaba tan bravo que los pavos caminaban con chancletas.

Don Yanco, en su juventud, era un tipo tremendo: bohemio, mujeriego y tomador de Ron Caña sin remordimiento. Siempre decía: “Pa’ las que sea, menos pa’ dejar de beber”. Lo conocían más por sus serenatas borrachas y sus escapadas amorosas que por cualquier oficio decente.

Así que cuando se anunció que se iba a casar con Matilde, una dama distinguida, hija del notario del pueblo y sobrina del presidente del Concejo, San Carlos quedó patas arriba.

—¿Don Yanco casándose? ¡Eso es como ver un burro en bicicleta! —decía Doña Mercedes, la chismosa oficial del pueblo.

El rumor era que el matrimonio iba a ser saboteado por alguna de las veintidós mujeres (que se supieran) con las que Don Yanco había tenido historia. Que si una iba a llegar llorando, que si otra con un machete, que si una lo iba a llamar” ¡Papá de mi hijo!” justo antes de que dijeran “acepto”.

El pobre Don Yanco, con los nervios como si lo fueran a operar de Corazón Abierto se despertó ese día más blanco que camisa de primera comunión. Temía lo peor. A eso de las 8:00 a.m., con el traje de lino arrugado y las manos temblorosas, quiso huir por la trocha que va a el corregimiento de Angolito.

Pero ahí apareció Anto, su compadre, amigo de parrandas, hombro para llorar y proveedor oficial de Ron Caña. Lo alcanzó justo en la salida del pueblo, le puso la mano en el hombro y le dijo:

—Viejo Yanco… si ya mataste al tigre ¡Le vas a tener miedo al cuero! ¡Vamos pa’ la iglesia, carajo!

Yanco suspiró, se rascó la cabeza, se echó un trago de Ron Caña y se devolvió.

Mientras tanto, la iglesia estaba como en fiesta de la Virgen del Carmen. Había más gente que en misa de gallo. Los que no estaban invitados también fueron, unos con cámaras fotográficas, otros con binoculares, y hasta hubo apuestas:

—Que si llega la ex de Cartagena.

—Que si Matilde le da una cachetada.

—Que, si Don Yanco se desmaya antes del “sí, acepto”.

Los papás de la novia, temiendo una tragedia, contrataron escolta. Uno de los escoltas era primo del juez municipal y tenía un bolillo que parecía poste de luz.

Pero llegó la hora. La música sonó. Matilde entró como una reina, y Don Yanco, más tieso que tabla de planchar, la esperaba en el altar. Cuando el cura preguntó si alguien se oponía, hubo un silencio tan tenso que hasta las palomas dejaron de volar. Pero no pasó nada. Las ex o no llegaron, o llegaron, pero se tragaron el orgullo.

El “sí, acepto” retumbó como disparo en fiesta de fin de año. Yanco se casó. Se casó de verdad. Y cuando salieron por la puerta principal, la fila detrás era tan larga que parecía procesión de Semana Santa.

Dicen que hubo gente que ni conocía a los novios, pero se coló en la foto. Que la banda se emborrachó antes de tocar. Que al final, Don Yanco dijo:

—¡Bueno, Matilde! ¡Ya estamos casados! Ahora sí, ¡pa’ las que sea! Pero sin Ron, que ya me clausuré

Y así fue como San Carlos vivió el matrimonio más esperado, improbable y divertido de su historia. Y desde ese día, cada vez que alguien duda en casarse, el cura les dice:

—Si Don Yanco pudo… ¡usted también puede!

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