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EDITORIAL: ¿Hasta cuándo tenemos que aguantarnos a “este Niño”?

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Siempre en nuestra región de la Costa Caribe, hemos vivido con dos marcadas épocas climáticas (estaciones) en el año, invierno y verano; el invierno según nuestros antecesores que viven del campo, tiene dos épocas la primera, etapa donde las lluvias se hacen presente a finales de marzo y en abril (aguas mil), hasta julio en la primera quincena, aquí se aparece el conocido veranillo de San Juan en el que se desaparecian las lluvias por unos días y regresaban al finalizar julio y primeros días de agosto.

En este período invernal, es cuando los campesinos preparan las tierras para realizar las siembras de ‘primera’ en cultivos de corto proceso, la ganadería se recupera, los pastos reverdecen, los ganados se limpian al comer los pastos de ‘primavera’ y recuperan su peso y producción. Se inicia la época de verano, que por lo general abarca finales de julio, agosto septiembre y algo de octubre, a mediados de octubre llegan con mayor intensidad las lluvias que enmarcan el invierno que causa estragos, los ríos se desbordan, algunos cultivos se pierden, en fin es un invierno crudo, donde el agua sobra. Estos ciclos por años se han constituido en nuestro panorama climático que salvo una que otra excepción, es lo que manejan nuestros hombres de la tierra y que manejan las famosas “cabañuelas”.

Hoy estamos ante un proceso climático ‘desvirolado’, los científicos han llamado el Fenómeno de la Niña, en el que la temporada de lluvias fue incontenible y luego el llamado Fenómeno del Niño donde se vaticinó un prolongado tiempo de verano y para lo cual, la gente del campo se prepararon para soportar un verano más intensos que los vividos en épocas anteriores, pero en las ciudades, especialmente Santa Marta, donde la captación del agua para su distribución para la población asentada en el casco urbano y la población flotante, ha resultado insuficiente, llegando a graves inconvenientes, pues la escases se hace cada día más acentuada, convirtiéndose en una problemática de gobierno.

Por culpa del Fenómeno del niño las lluvias se han desaparecido en el mapa magdalenense y aunque uno escucha que por alguna región llovió, éstas no son periódicas, presentándose un espacio de sequía. Hoy el gran afluente como es el Rio Magdalena, presenta un aspecto desolador, la sedimentación ha superado cualquier cálculo, desde las orillas de los pueblos ribereños, se puede caminar hasta lo que antes era un opulento caudal rico en especies variadas de peces, fauna y flora. Hoy es un chorrito de agua del que no se pueden abastecer los moradores de esos pueblos. Y cómo el rio Magdalena no tiene suficiente caudal los caños que abastecen de agua a las poblaciones, están en una situación deprimente, en el que día a día los administradores se sienten impotentes para solventar la situación, tal es el caso de Santa Bárbara de Pinto, Pivijay, Zapayán, Plato, Cerro de San Antonio, entre otros y por lógica situación los agricultores ven como su producción desmejora día a día, los animales mueren a diario y esto está llevando a la quiebra a los trabajadores del campo, ya que la producción láctea ha disminuido, los ganados han perdido peso, de tal manera que es muy poco o nada la producción cárnica, los suelos agrietados son mudos testigos de lo que nos viene haciendo el mal llamado, Fenómeno del Niño.

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