Relatos Provincianos
Por. Jesús Morales Pérez, escritor pivijayero
En el municipio de San Carlos, allá donde el sol cae como plomo derretido y las vacas pastan con la elegancia de una reina en tacones, vivía Don Yanco, un viejo de mirada pícara, verbo florido y mañas más largas que un día sin brisa. San Carlos, tierra de ganado gordo y hombres más tercos que una mula ciega, era famoso por su riqueza ganadera, y eso lo sabía bien Elías “el Mono” Leal, un negociante que parecía tener un olfato para el ganado bueno como el que tienen las iguanas para el agua.
El Mono venía de Encanto, la capital de la región Caribe, donde los domingos se hacían subastas de ganado tan concurridas como los velorios con borrachera incluida. El hombre llegaba cada cierto tiempo a San Carlos, compraba reses que parecían hechas a molde por el mismo San Isidro Labrador, y se las llevaba a vender por un platal. Pero un día, esa información le llegó a los oídos finos de Don Yanco, quien sin perder tiempo, hizo sus maniobras y mandó un mensaje:
—Oye, Mono, llega a las siete de la mañana pa’ que seas atendido como se merece —le dijo con su acento dulzón y su sonrisa de quien ya va ganando la partida.
El Mono, que respetaba las jerarquías del campo y sabía que con Don Yanco no se jugaba, se presentó puntual en la finca El Porvenir. Al llegar, lo recibió un desayuno que parecía de bufet de hotel cinco estrellas: yuca harina, chicharrón que cantaba al morderlo, carne guisada que se deshacía sola, suero espeso como promesa de político, bofe bien sazonado y café con leche que levantaba muertos. El Mono, con la barriga a punto de estallar, pensaba que eso no era comida, ¡eso era un compromiso moral!
Las carcajadas no se hicieron esperar. Don Yanco soltaba cuentos como balas de revolver viejo, y los chismes del pueblo iban y venían, desde la hija de la panadera que se fugó con un acordeonero, hasta el novillo del vecino que salía con una vaca ajena por las noches.
Ya cuando el desayuno se había acomodado en las entrañas del Mono, Don Yanco se levantó, se limpió las manos con su pañuelo rojo y soltó:
—Bueno, viejo Mono, a lo que vinimos. Ven pa’ que veas el mejor ganado que tiene San Carlos.
Y allá fueron, bajo un sol que hacía sudar hasta los palos de yuca. Cuando el Mono vio el lote de ganado, sintió que el alma se le encogía: unas reses flacas, pelonas, con más huesos que carne, y una mirada que pedía compasión. Una hasta tenía cara de estar pidiendo limosna.
El Mono tragó seco. Pensó para adentro:
“¡Dios mío, ahora qué hago yo! Este hombre me dio desayuno de presidente y me metió en esta encerrona. ¿Cómo le digo que no?”
Con una sonrisa más falsa que billete de tres mil pesos, se aclaró la garganta:
—Don Yanco… le compro el lote, pero yo mismo pongo el precio.
—Como tú digas, Mono —dijo Don Yanco, con los ojos medio achinados de satisfacción.
Y así fue como Don Yanco, con un desayuno de bufet de hotel cinco estrellas y una labia que no se enseña en ninguna universidad, logró vender el ganado más triste del municipio como si fueran los campeones de la feria. Desde ese día, en San Carlos se dice que Don Yanco no vende vacas… ¡vende cuentos con chicharrón y café con leche!






