La devastadora llegada de la Covid 19, es otro regalo venenoso de la lejana Asia. Solo que esta vez, no se trata de una mercancía de  pésima calidad “made in China”, sino de una diminuta criatura, cuya eficacia para causar dolor y muerte es tan persistente que parece desmentir su procedencia.

    Son millones ya las personas contagiadas y fallecidas por culpa del virus de la Covid 19. No hay lugar alguno, que se haya librado de su furia mortal, y todo indica, que tendremos que aprender a convivir con él, así se anuncien y salgan al mercado las prometedoras vacunas que lo eliminarían.

El virus vino para quedarse, dicen los expertos. Quienes no lo somos, temblamos ante tal posibilidad, porque el bicho en cuestión, no solo trajo sufrimiento y luto, sino que ahora se anuncia que con su aparición y extensión por el universo, llega también lo que los estudiosos de las ciencias sociales llaman una “nueva normalidad”.

La “nueva normalidad” no es otra cosa que un cambio profundo en las costumbres, usos y prácticas que la humanidad ha conocido hasta ahora. Va desde la abolición de los besos y abrazos como expresión de afecto, o amistad, una posibilidad aterradora para quienes crecimos con esos cálidos rituales de labios y brazos, hasta revolcones sustanciales en la manera de trabajar, jugar, vestirse, movilizarse, divertirse, en fin, ninguna actividad humana escapará de la revolución que se anuncia.

A unos, si son jóvenes, tal revolución les parecerá fascinante y fácil de asimilar. A los más viejos, atados a un pasado de nostalgias, les resultará difícil y doloroso digerir. Y mirarán hacia atrás con la convicción dolorosa, de que todo tiempo pasado fue mejor, aunque no sea estrictamente cierto.  A veces las mentiras son más eficaces que las verdades para sobrevivir, a los sorpresivos cambios de la vida.

El caso de Colombia es particularmente original, curioso y preocupante. El país entra a una “nueva normalidad”, dentro de las más persistente y anacrónica anormalidad, que no es otra cosa, que la corrupción, la violencia en todas sus formas, el sectarismo ideológico, el desmedido ánimo de lucro, las injusticias de toda índole, en fin, el dogma desalentador, de que en la vida todo vale si se logran los propósitos que se buscan. En esa nacimos, crecimos y creímos que moriríamos. La llegada del virus, sin embargo, ha puesto en cuarentena esa certeza.

La “nueva normalidad” arriba a un país polarizado por el odio y la intransigencia política. No hemos podido superar las lacras pre modernas, y ya nos embarcamos a la carrera, a causa de un asesino invisible, en unos nuevos e inciertos cambios. Alguien lo describió de esta manera coloquial, pero certera: Es como cambiarse de ropa sin bañarse. No nos hemos quitado los sucios ropajes de la “vieja anormalidad”, y ya empezamos a vestir los inciertos de la “nueva normalidad”.

De modo que para los colombianos, la situación es doblemente complicada. ¿Cómo vamos a lograr usos tan novedosos, si aún no hemos podido deshacernos de unas certezas y prácticas tan antiguas y arraigadas?

La “nueva normalidad” implicará confianza en el otro, solidaridad, tolerancia y compasión, en un país que hace años desterró esas virtudes, fundamentales para que prospere cualquier transformación profunda y duradera en una sociedad.

Lo que estamos viendo, preocupa: la intolerancia política, las distintas violencias que campean por el país, la determinación de algunos de imponerse por la fuerza y la decisión de otros, de impedirlo a como dé lugar, arraigan aún más, la convicción de que la lucha entre la “nueva normalidad” y la “vieja anormalidad”, será larga y dolorosa entre nosotros.

Ojalá y estemos equivocados.

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