Por. Carlos Jaramillo

Le oía decir a todos los que se  encontraba al caminar por las calles de Santa Marta, El Rodadero, Ciénaga, Fundación, Aracataca, Pivijay, Algarrobo o de cuanto municipio del Magdalena que visitaba con frecuencia. No hubo rincón del Departamento al que no fuera y conociera a algunos de sus habitantes. Excelente compañero de viaje, conocedor de la Provincia, a donde llegara Rafael Castro se sentía la presencia de El Vocero y junto a él se percibía el aprecio que le tenían. Don Rafael, Rafa, viejo Rafa, Rafita, eran expresiones de cariño para quien solo tenía palabras amables, buenos modales y manifestaciones de estima con sus interlocutores, mejor dicho “…era lo más querido de ese caserío…” (A.  Zabaleta).

Barranquillero a carta cabal, hincha del Junior, admirador de Teofilo Gutiérrez, amante del río Magdalena y conocedor de la cultura Caribe, que llevaba puesta a todas partes en su mochila arhuaca, fue adoptado como hijo suyo en Chibolo y en Santa Marta, donde finalmente se radicó hace más de dos décadas cuando su vida tomó un nuevo rumbo, cautivado por el amor de una chibolera que le dio tres vueltas de merengue.

Junto a Josefita Orozco, forjaron sueños y aventuras e hicieron realidad El Vocero de la Provincia, un medio de comunicación que integra en una comunidad regional, a los municipios magdalenenses. Entonces, con base en su experiencia en ventas, mercadeo y publicidad, incursionó en el periodismo, tal vez como una vocación tardía a la que se entregó con alma, vida y corazón: entrevistaba, fotografiaba, redactaba, gestionaba y lo hacía bien, con su particular “Ojo de Águila”.

Periodista integral, responsable y con independencia crítica, trazó un camino al periodismo magdalenense como lo testimonian colegas y jóvenes profesionales, que realizaron prácticas en El Vocero de la Provincia. Se especializó en la presentación positiva de la noticia local de interés para la región y sentía con pasión la profundidad del oficio.

Contador de historias, Rafa hacía de cada paso en su andar una experiencia que narraba entretenidamente, a veces sobre sus correrías por el Departamento, otras sobre sus viajes aéreos en cabina y aventuras náuticas con pesca incluida; hacía la tertulia grata e  interminable, solo interrumpida para bailar incansablemente o degustar la buena comida que en ocasiones preparaba con exquisitez.

Orgulloso de su familia y de sus hijas, amigo de sus amigos, con profunda vocación de servicio,  siempre manifestó gran generosidad para quien lo requería.

Deseaba trabajar hasta el último día de su existencia y así fue; su legado estará en la memoria de su esposa, sus hijas, colegas y amigos a lo largo de nuestra costa Caribe; presente en las carreteras del Magdalena por donde recordaremos que al paso de su carro rojo intercambiaba saludos de pito con los distribuidores de El Vocero quienes también le respondían: ¡Ajá Rafa!

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